El turismo de parto
Por Dr. Goldny
Mills -
Agosto 18, 2026

Durante años, el
turismo de parto se amparó en esa cómoda máxima según la cual lo
que no está prohibido está permitido. Mujeres con embarazos
avanzados viajaban de Estados Unidos, daban a luz y regresaban
con un hijo estadounidense.
Todo perfectamente calculado. Ese enlace terminó. Ahora se juega
la visa quien pretende utilizarla para buscar deliberadamente la
nacionalidad norteamericana de sus hijos.
Nada que ocultar. El turismo de parto siempre ha tenido una
dimensión que trasciende lo migratorio. Buscar para un hijo una
nacionalidad distinta de la de sus padres encierra una
silenciosa declaración de desconfianza hacia el propio país.
La nacionalidad, decía Borges, es un acto de fe. Es más que un
pasaporte poderoso y una fila más corta en migración. La
nacionalidad lleva consigo cultura, memoria, lengua, historia y
un sentido de pertenencia.
Planificar el nacimiento en otra tierra para garantizar al hijo
las ventajas de otra ciudadanía equivale en cierta medida a
decirle que se confía más su futuro a una nación ajena que a la
propia. Otra cosa naturalmente es la necesidad médica. Un
embarazo de alto riesgo puede justificar buscar hospitales y
especialistas de primer nivel donde quiera que estén.
Pero eso es medicina, no turismo de parto. Estados Unidos está
en su derecho a decidir para qué concede sus visas y de
sancionar a quien desnaturalice su propósito. Quienes hicieron
del vientre una estrategia migratoria tendrán ahora que calcular
mejor el precio.
Quisieron asegurarles a sus hijos un pasaporte estadounidense
porque confiaban más en el porvenir de otro país que en el
propio. La paradoja es aleccionadora. Buscaron para otros la
puerta de entrada de Estados Unidos y pueden terminar cerrándose
la suya.
El turismo de parto no es solo una elección de nacionalidad para
el vástago, es también un voto de negación de la propia.
